MARIENBAD / Andrea Ferreyra

MARIENBAD de AndreaFERREYRA

Si usted se decidera a aventurarse en la más sencilla odisea de buscar en la red la palabra “trabajo”, lo primero que el motor de búsqueda más reconocido del espacio digital le va a arrojar directo al iris, es un mapa. Uno con las direcciones específicas de determinadas instancias dedicadas a la comercialización de la faena; centros de trabajo, oficinas de empleo, agencias gubernamentales y varias de esas escuelas estatales especializadas en el adiestramiento de carreras técnicas. Seguido de esta fantástica cartografía, nos internaremos en una larga lista de bolsas y plataformas de ofertas de empleo, y sin tanta sorpresa encontraremos que no es hasta la mitad de la segunda página que nos enfrentaremos con la primera definición –ofrecida por Wikipedia— del concepto “trabajo”. Ni siquiera es relevante discutir el porqué es más importante para el buscador ofrecernos el mismo antes de proponernos su entendimiento, supongo es un acto de normatividad social.

La producción de un artista, de esos que si son artistas por tradición moderna, mantiene en el epicentro de su práctica, la elaboración de productos estéticos, o poéticos, o visuales. Obra que al final de todos los discursos y juicios de valor instituidos, impuestos o adquiridos tiene la crédula intención de poner el pan en la boca, por resumir la operación a su forma más sencilla. El valor del trabajo artístico pareciera únicamente estar medido al interior de un materialismo dialéctico, sobreentendida que la única labor del mismo es su función como facilitador de oportunidades palpablemente redituables para el artista en forma capital económico o simbólico.

En el filme El año pasado en Marienbad (Resnais, 1961), se intenta negociar una crónica de recuerdos agobiadamente amorosos, perdidos en un no-tiempo, que coloca a las sustancias en un vórtice de acercamientos perdidos entre el momento y la memoria. La cinta obstaculiza la realidad sin negarla, invocando al espectador a construir –o fallar en el intento— un relato (por necesidad) de lo que se observa. La distancia entre las construcciones del deseo y la verdad se vuelven insignificantes, a la vez son más distantes que nunca, en el ciclo inagotable de un encuentro taciturno, en el laberinto del romance y lo perverso. En Marienbad , Ferreyra también arremete contra una neutralidad lógica, intenta de-construir su propia narrativa, (y por ende, su lugar en la esfera social) entrelazando la sofocante idea de que años y años y años de labor inmaterial, depositados en trabajo artístico se funden con la inmaterialidad –arraigada a la melancolía—de la supervivencia, en esta ciudad monstruosa, en este mundo maniaco. Andrea retoma esta épica ficción de la vida y el trabajo desde un punto performático y automarginal, re-insertando su propio cuerpo de obra como un estatuto que coquetea con el imaginario de la política liberal –profundamente relacionado con su ser, al grado que provocó el exilio político de ella y su familia de la nación uruguaya en 1978—y la exacerbada nostalgia del propio torbellino de fijaciones y pesares que llamamos existir.

Por suerte, aquí no nos importa el valor dado a un objeto por su potencial económico, cultural, social o su inserción en una estructura de pensamiento que exige la novedad como paradigma. Aquí lo que nos interesa es romper el juego de la representación, reforzar la simbiosis de lo real y la ficción, de la aflicción con la interrogante. Que como Andrea y los recuerdos vivientes de Marienbad, usted se polemice el por, para y porqué se de sus tormentos.

por Marek Wolfryd